¡Me Quito el Sombrero Ante Panamá! Selva Húmeda, Playas Vírgenes y por Supuesto, el Famoso Canal

Piense en Panamá y es posible que le recuerde un sombrero (posiblemente de Ecuador), un Canal o un estafador desafortunado quien fingió su propia muerte (el hombre de la canoa, John Darwin).

Pero hay más en esta franja de tierra entre Costa Rica y Colombia.  En un área más pequeña que Escocia, se encuentra una capital cosmopolita, millas de costa virgen en dos océanos, culturas indígenas únicas, aventuras llenas de adrenalina y selva húmeda con abundancia de vida salvaje.

El centro de la Ciudad de Panamá se siente como un mini-Miami, un centro de rascacielos de finanzas internacionales, centros comerciales y una vida nocturna sofisticada.  Hay tanta construcción en marcha que los locales bromean que el ave nacional es “la grúa”.

Al otro lado de la bahía, todo lo que queda de Panamá Viejo son las ruinas en forma de lápidas. Saqueado por el pirata Capitán Henry Morgan en 1671, fue reemplazado por el Casco Viejo, un mini-Havana donde ambas, la película de James Bond, “Quantum of Solace”, y el “Tailor of Panamá” con Pierce Brosnan, fueron filmadas.

Había caído en un abandono elegante –con mansiones de colores pasteles al lado de chozas sin techos a lo largo de las calles de adoquines–pero un flujo de inversiones han traído galerías, restaurantes y bares.

Yo no podía dejar la ciudad sin visitar el Canal.  El atajo más famoso del mundo abrió en 1914, pero ha sido una ruta comercial desde que los conquistadores Españoles descubrieron que era el punto más rápido entre el Pacífico y el Atlántico  y lo usaron para enviar -a pie y en mula- el botín del Nuevo Mundo al Viejo Mundo.  Miles murieron, de enfermedades y deslizamientos de tierra, en la construcción épica del Canal.

Desde el Centro de Visitantes de Alta Tecnología en las Cerraduras de Miraflores, vi el paso lento de barcos de carga al ser desviados por remolcadores hacia los angostos canales y bajados a 30 pies. Pero eso no es substituto a estar de hecho en el canal.  Desde un pequeño bote en el Lago Gatun, vi a los monos capuchinos retozando en los árboles, mientras que mega barcos hacían el trayecto detrás de mi.  

Panamá es una mezcla genuina:  alrededor de 40 diferentes nacionalidades vienen a trabajar al Canal y muchos se quedan –sin olvidar la gente de siete grupos indígenas que sobrevivieron la conquista.  Hay un montón de colores.  

En mi corto vuelo al archipiélago de San Blas, me acompañó una mujer llamada Gladys.  Tenía un pesado anillo de otro colgando de su nariz, y sus brazos y sus piernas estaban cubiertas de cadenas de piedras multicolores y su blusa estaba hecha de tela vívida bordada a mano, conocida como mola.  

La Nutria de dos motores rozaba sobre el mar color aguamarino en un denso bosque parecido a gigantes brócolis, antes tocar el pedazo de pista en la Playa Chico.  Fui llevado a un bote que esperaba y llevado a Yandup Island Lodge, donde un muelle de madera destartalado llevaba hacia un círculo de arena poblado solamente por palmeras y 10 cabinas con techo de paja construídas sobre pilotes.

Con 400 islas e islotes, el atractivo de San Blas está en sus aguas cristalinas y sus arrecifes vírgenes.  Fui llevado a remos a un puño de arena estilo Crusoe, llamado Isla Iguana.  No se permite el buceo, pero ¿quién necesita un tanque cuando puedes flotar sobre un conjunto infinito de corales de colores brillantes mientras que bancos de peces iridiscentes revolotean a tu alrededor?

En un a visita a una comunidad cercana, fue claro que la tribu Kuna, ferozmente independiente, se han adherido a sus costumbres antiguas.  Sus chozas todavía están hechas de caña y sus techos de paja –aunque había una antena de televisión pegada en un poste de bambú.  Decenas de niños jugaban felizmente en las calles, y en la Casa de Congreso, el jefe de la villa pasaba edictos desde una hamaca.

De regreso en el hotel, no hay televisión, teléfono o internet, lo que para mucha gente significaría la idea de infierno.  Pero ser arrullado por el suave murmullo de las olas, bajo el brillo de millones de estrellas,  parecía algo celestial para mí.

Mi siguiente parada fue 5.000 pies hacia arriba- en Boquete en las tierras altas de Chiriquí.  Boquete cuenta con un clima templado y un paisaje espectacular.  Me llevaron por valles escarpados llenos de vegetación.  Las tierras altas son el granero de Panamá, donde los árboles de cítricos y los vegetales crecen en abundancia junto a su cultivo más importante, el café.

La Finca Lérida Ecolodge, situado en un valle verde en las faltas del Volcán Bará –el punto más alto del país — es parte  plantación de café y parte reserva natural privada, con alrededor de 200 especies de pájaros, incluyendo el raro y hermoso Quetzal.

Para aquellos que buscan la aventura, Boquete es el lugar para los rápidos, kayak, rappel y escalada en roca, o se puede subir a la cima del volcán y disfrutar de impresionantes vistas.
 
Yo opté por un perezoso, pero no menos lleno de adrenalina, tour de canopy, deslizándome por cables a una velocidad vertiginosa, sobre bosques, ríos y cascadas, sobresaltando la vida salvaje con mis gritos.  

Horas después estaba de regreso en la costa del Caribe, dónde me llevaron por ferry alrededor de Bocas del Toro, un archipiélago idílico formado por seis islas boscosas, un sinnúmero de islotes y el Parque Marino Nacional Bastimientos, donde playas perfectas, bordeadas de palmeras de cocos y manglares, se unen con agua turquesa.
 
Un par de delfines curiosos se unieron a nuestro viaje por un rato, y en la Playa de las Estrellas de Mar, la pista está en el nombre –Solo tuve que mirar al lado del ferry para ver cientos de estrellas de mar azul eléctrico, rosadas y anaranjadas descansando en el fondo del mar.

En la Isla Colón, las calles arenosas del pequeño pueblo de Bocas, están alineadas con edificios de colores brillantes que sirven de hogar a boutiques para surfistas, tiendas de artesanías, restaurantes sobre el agua y bares que saltan al ritmo de salsa, calipso y reggaeton.  A la mañana siguiente, dejé mi hamaca al frente del mar para batallar en contra de mosquitos feroces a lo largo del sendero de la selva en Salt Creek.  Valió la pena el esfuerzo.

Con un poco de ayuda de mi guía descalzo Ngbe-Buglé, divisé un caimán tomando el sol, un perezoso de tres dedos y una rana roja, no más grande que la uña del pulgar, llevando a sus recién nacidos renacuajos a un lugar seguro.

Más tarde, disfruté de un cóctel de ron en la terraza de Guari Guari, bajo la luz de las velas, mientras que los dueños alemanes y españoles inventaban un banquete de seis deliciosos platos, desde un carpaccio de atún hasta cerdo en salsa Dijon.

Multicultural, sin guión y sorprendente –justo igual a Panamá.
 

Por: SARAH GILBERT / Daily Mail

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